Misiones

Misión de Verano 2019 en Omiquila - Veracruz

El pasado 13 de julio hasta el 28 del mismo,  la comunidad  Asuncionista de la parroquia Emperatriz de América realizo la misión de verano en la Parroquia Santiago Apóstol en Tlilapan, Veracruz, especialmente en las comunidades de Omiquila, Encino grande, Quiñatla, Tzoncolco y Teopancahualco.

 

En esta misión se tuvo como objetivo principal, volver a los orígenes del anuncio evangélico por medio de las catequesis del kerigma, que como bien sabemos debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial. (EG 164).

La misión consistió, por las mañanas, visitar casa por casa, meditando la palabra de Dios y conviviendo con las  familias escuchando su vivencia en la fe y su realidad que enfrentan diariamente en la sociedad. Por las mañana también se impartía la catequesis con los niños de las comunidades en donde además de cantos, juegos y dinámicas se les impartía la catequesis a los niños.

Por la tarde se atendió a los jóvenes y adultos, los cuales mostraron interés, alegría y sobre todo un buen trabajo de conciencia acerca de la vivencia de un buen cristiano hoy, y del compromiso que deben tener, haciendo presente el reino de Dios aquí en la tierra.

Esta experiencia, significo para cada uno de nosotros los asuncionistas un volver a recordar la importancia de este primer anuncio, en el cual se vuelve a redescubrir el significado tan importante del volver a los orígenes de nuestra fe.

 

Regresamos muy contentos y agradecidos con Dios, por esta experiencia de misión en donde alimentamos y fortalecimos nuestra fe, en el compartir con el pueblo de Dios la vivencia de ser cristianos y del compromiso que tenemos del anuncio de la Palabra de Dios, no solo en la predica sino también en la vivencia del compartir, en donde vemos a Jesucristo, María y la Iglesia como un triple amor de cuidado y de presencia de Dios entre nosotros.

 

                                                                                                     Jenaro Pulido Rivera 

Quien no vive para servir, no sirve para vivir !

Quise empezar con esta frase del papa Francisco ya que ha cambiado la vida de muchos jóvenes cuando estos se preguntan ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Por quién? Ya que vivimos en un mundo en el cual nos olvidamos de los demás, nos encerramos en nosotros mismos y perdemos el sentido de la vida y el servir a los demás.

Cuando un joven vive la misión todo empieza a ser más claro en su corazón y en su mente y empieza a encontrar respuestas a estas preguntas: ¿Para qué estudiar? ¿Para qué graduarse? ¿Para qué existir? Es ahí donde el joven debe entender que la verdadera felicidad se encuentra en la entrega pura, desinteresada, y entera al prójimo.

 

Se da cuenta que no sirve de nada tener un título profesional o contar con salud si estos no son puestos al servicio de los demás. Conforme va viviendo la misión encuentra que Dios es tan grande, y que su amor es inmenso.

 

En medio de tantos sufrimientos, Dios le pregunta al misionero: ¿Por qué no haces algo? ¿Por qué no los consuelas?  ¿Por qué no te entregas? Es ahí donde comprende el misionero que Dios no elige el mal para las personas y que si este misionero es testigo de la carencia y dolor ajeno, es el responsable de actuar, de poner su grano de arena, de entregar el corazón y la vida por cada uno de ellos que sin conocernos nos abren las puertas de sus casas por que ven en el misionero un consuelo y esperan encontrar en él una palabra de aliento.

 

Y así el misionero encuentra respuesta a su última pregunta: ¿Para quién? Y se da cuenta que es para cada alma que Dios pone en su camino, desde el chofer del autobús, un enfermo, hasta nuestro compañero de misión.

 

Al vivir la experiencia de misión cualquiera pensaría que llegas a la comunidad con las manos llenas y regresas a casa con ellas vacías porque ya lo diste todo en el campo de misión. Pero es todo lo contrario porque regresas a casa con las manos y el corazón desbordantes de sonrisas, testimonios... Y esta es la alegría del evangelio de la que nos habla el Papa Francisco.

 

La misión se vive con armonía, con la entrega desinteresada de cada una de las personas, la gratitud de los beneficiados y el amor que se respira en cada rincón. Esto nos deja claro que es Dios quien actúa en cada uno de los misioneros. La misión nos abre los ojos a la realidad, nos sensibiliza el corazón y nos volvemos uno más de ellos. Me despido con esta frase: «Quien diría que los que menos tienen son los que más te darán».

 

Lionel 

Fraternidad Asuncionista

Carta a los jóvenes Misioneros Asuncionistas

Les escribo para agradecerles su misión por el Reino de Dios. Cuando el corazón de un joven es tocado por el amor de Dios comienza la extraordinaria aventura de seguir a Jesús como un verdadero discípulo que se alimenta de su Palabra para proclamar con su vida que vale la pena ser un misionero asuncionista.

 

Anunciar el Reino de Dios no es simplemente dar un tema, visitar casas, tener encuentros con niños, jóvenes, adultos y cumplir con las tareas asignadas; sino más bien hacer todas las actividades con amor, saber escuchar los sufrimientos de las personas, valorar las cosas sencillas, aprender de los errores con humildad y sobre todo tener pasión sin límites por Jesucristo.

 

Los jóvenes misioneros asuncionistas son viajeros del tiempo de Dios. Van a aprender de la gente sencilla, compartir sus experiencias con alegría, dar amor a quien lo necesita, tocar almas para lograr su libertad, transformasen en amigos de todos y sobre todo partir sin apegos hacia una nueva aventura o misión asuncionista.

 

Los jóvenes misioneros asuncionistas son sembradores del Reino porque con su testimonio de vida siembran semillas de amor, fe y esperanza para iniciar procesos de conversión que sólo llegarán a su cosecha o plenitud en el tiempo de Dios.

 

Me despido felicitándolos por tan sublime misión y tengan la seguridad que no hay mayor logro en este mundo que estar escritos en el libro de la vida del Cordero quien murió en una cruz por cumplir con amor la misión de su Padre. Bienaventurados los que trabajan por la extensión de los Reinos de los Cielos porque ellos contemplaran la grandeza del Cordero en sus vidas.

 

Atentamente, 

 

                                             Hno Hugo Fernando Morales Ballestero, a.a.

Experiencia apostólica del hermano Daniele en la parroquia

Santiago Apóstol de Tlilapan

Returning from Mexico has been like waking up from a dream that one wishes would never end. The challenge for me, now, is how to live from the graces I received during those two marvelous months. How did this experience become so impactful for me? I come back to that virtue that has always been a guiding light in my camino: trust.

 

I first experienced the joy and freedom of trusting in the Lord when I studied in Urbino, Italy, during my third year at Assumption College. In that handing over my plans, my desires, to God then, I began to see myself as His beloved son. He brought people into my life who freely rejoiced in my gifts and talents, who showed me that I did have something good to give to the world. This experience gave rise to a deep and enduring joy.

 

Mexico, for me, then became another experience of trust, since entering the Assumptionists, I've had a great desire in my heart to make a real difference in people's lives by leading them to truth and life in Jesus Christ as a religious priest. But I have also questioned, ''Does God want me to be a religious priest? Can He really use this young man, or is this only temporary?'' Was Assumptionist religious life and priesthood really my vocation, or was it just a mirage?

 

As I stepped off the plane in Mexico City, I made a vow to the Lord that I would give myself completely to this experience, to whatever His will had in store for me. And from the first day, this trust bore great spiritual fruit. I especially want to thank Padre Oswaldo for assigning me to be the pastor of San Andres-Tenejapan. With this assignment, Padre Oswaldo sent me out on to deep waters, as Jesus called Peter to follow Him in the storm in the Gospel of Matthew. I don’t think Padre Oswaldo knew how I respond to such a summons, but I thank him deeply for having faith in me.

 

His trust was the seed that lead to a great flourishing of trust in my own walk with Christ. I realized that whatever challenge He would call me to in my life, as long as I kept my eyes fixed on His love and mercy, I could walk over deep waters, as Peter did. It was when Peter looked at himself and his surroundings that he began to sink into the sea. Fixating on his own weakness and limitations kept him from trusting Jesus, and this is a common theme in my own life.

 

My life as an Assumptionist religious and priest must be one of trust in Jesus, at every moment. I marveled at how readily our brothers and sisters at San Andres embraced me as one of their own, how they were more than willing to see me as their “padrecito.” My homilies were certainly not remarkable, and I stumbled over words at times during the services, but that did not seem to matter to the faithful I met in San Andres and on mission in Cañada Blanca. They believed that God was working through me, and that was enough for them to have faith in me.

 

This taught me a great lesson: in religious life and priesthood, we are called to be God’s instruments. The words we say during celebrations are not our own words, but God’s words. We must be willing to be His instruments and to see ourselves as such. Everything we are, everything we do, is meant to be a reflection of God’s glory. Pride, that insisting on putting our own feelings, thoughts, and desires first, can suffocate this kind of life.

 

St. Ireneus of Lyon said it best: “The glory of God is the human person fully alive.” My time in Mexico was an experience of feeling fully alive, and I knew that God rejoiced in that life with me. The fruits of ministry were proof that God does indeed want me to be an Assumptionist religious and priest.

 

Furthermore, he wants me to nurture and live from those seeds of enthusiasm and joy that He planted in Urbino. While He still calls me to conversion every day, He doesn’t want me to change into a completely different person. I want to thank all of the people that I met who affirmed this for me every day. I go forward in my camino sustained by the love that God has shown me through all of you. 

 

                                                                                 Bro Daniele Caglioni, a.a.

Discerning the body

The flight to Mexico City from Boston is a short four and a half hours. Despite all of our modern marvels, somehow it still astounds me that one can wake up in his own bed and be transported to a whole new world by dinnertime.

 

Despite the slight shortness of breath I experienced on that first day as a result of the city’s impressive altitude, I immediately felt at home in our community at Parroquia Emperatriz. Though suffused with the distinct flavors of the region, the essence of our common Assumption charism was palpable, enabling a quick and seamless transition. What a joy it is to experience firsthand the embodiment of Father d’Alzon’s intention that, as Assumptionists, we be “simply catholic, but as Catholic as it is possible to be,” in all of its unified diversity.

 

Having spent a week in CDMX, I was ferried to our fledgling community at Parroquia de Santiago Apóstol in T’lilapan, Veracruz, passing along the way the imposing Pico de Orizaba, which makes even the most imposing mountains of New England appear rather tame.

 

Shortly after my arrival, the scope of the mission became increasingly clear as I accompanied Father Oswaldo to five remote chapels (one-third of the total in our care) where he celebrated Mass for the far-flung faithful. It was very encouraging to see these remote outposts of Mother Church so vibrant and thriving! It seemed evident that the Mass was not simply a mundane task relegated to the periphery of the peoples’ lives, but was the very center around which their lives revolved. 

 

In addition to teaching English classes in nearby Jalapilla, one of the duties allotted to Brother Daniele – my traveling companion and confrère – and I, was the daily [Celebración de la Palabra]. While this seemed a rather daunting obligation at first, especially given my limited grasp of the language, I quickly grew very fond of this solemn assignment and of the community that I was honored to serve at Capilla de San José.

 

Towards the end of our time in Veracruz, Daniele and I joined 60 volunteers in la misión Asuncionista, a two-week [campaign] whose [objetivo fundamental es la extension del Reino de Dios,] in particular among the poor.  

 

It is in such endeavors that our contemplation and action are united, giving flesh to Saint Paul’s mandate that we be “servants of one another through love.” We are called not simply to recognize the joys and sufferings of our neighbor, but to enter into and share them as if they were our own, with a readiness to be evangelized in the process. Just as we are urged to “discern the Body” when receiving the Holy Eucharist, so too should we be keenly aware of Christ present in our neighbor.

 

Heaven is not simply a place we hope to get to one day. Rather, we are meant to live the life of heaven here and now, to bring God’s Kingdom to bear on all we do and say. During my time in Mexico, far removed from the routines and obligations of my “regular” life, it was admittedly easier to be “on fire” for God.

 

The challenge, I suppose, is to allow this summit experience to permeate my daily life; to descend the mountain following the Transfiguration and be fundamentally transformed. Like the apostles on the mount, there is an all-too-human desire to “erect tents” in the hopes of framing and preserving these moments of heightened awareness.

 

However, we are constantly inundated with God’s glory. It is for us to develop our spiritual senses that we may readily perceive His presence in our midst as we advance toward him by degrees, scaling the heights of virtue.

 

                                                                            Hno Brian Verzella, a.a.

Brindar a los jovenes un espacio para compartir sus experiencias

La Misión Juvenil Asuncionista, busca brindar a los jóvenes un espacio en el que puedan compartir su fe con algunas comunidades, y en la que a su vez experimenten una fuerte vivencia de la Vida de Jesús de Nazaret, su compromiso con el reino hasta sus últimas consecuencias, su Muerte y triunfo sobre la muerte. 

 

Así el joven después de experimentar esta vivencia, podrá dar testimonio de Cristo vivo en sus ambientes, e integrarse al trabajo pastoral con los jóvenes en su parroquia y su comunidad.

 

Además, continuará formándose junto con otros jóvenes que se han unido ya a Fraternidad Asuncionista, en encuentros juveniles, talleres, retiros, convivencias, actividades varias, excursiones, campamentos, celebraciones, etc…

 

Esto también desde una perspectiva de discernimiento vocacional, ya que se le darán herramientas que les ayuden a tomar opciones en su vida en aras a realizarse ya sea en la vida matrimonial, religiosa o sacerdotal, o en la soltería.

 

El día 27 de enero del 2018 iniciamos el proceso de formación de los misioneros que nos apoyaran en semana santa, con un taller titulado “el liderazgo cristiano”, que impartieron los laicos de la Alianza: Bollo, Rafael y Maricarmen, en la comunidad de Tlilapan.

 

Por medio de dicho taller se brindaron herramientas para que los jóvenes misioneros asuncionistas puedan acompañar las comunidades, detectar líderes en ellas, y crear grupos juveniles.

 

Hubo una participación de 35 jóvenes dispuestos a servir en la Misión de Semana Santa, que unidos a otros chicos que van por primera vez, acompañaran a las comunidades en la vivencia de la Pascua.

 

Finalmente se llevó a cabo la Misión, con la participación de 104 jóvenes, distribuidos en 4 parroquias: Cuichapa, Amatlán, Necoxtla y San Juan del Río. Enhorabuena por estos jóvenes dispuestos a servir.

 

                                                                        Hno. Marciano Lopez Solis, a.a.

La misión de verano 2016 en San Nicolas de Bari,

una exitosa experiencia

En verano 2016, participé en una misión maravillosa en la región de Veracruz, al sur de la República Mexicana con un grupo de jóvenes aspirantes de Casa Manuel, así como algunos voluntarios. Salimos el sábado 9 de julio a las 6:55 a.m., con Don Emilio al volante del autobús. Sin contar a Don Emilio, nuestro chófer, éramos justo doce misioneros: Joseph Mahamba, Marciano López Solís, Jesús Tlecuile Mixteco, Salvador, Gregoria, Carmelita, Hugo Morales Ballesteros, Domingo Sandoval, Liliana Morales, Omar, Juan Manuel y Sebastián Bangandu.

 

El viaje se llevó a cabo dentro de un ambiente muy alegre y con toda tranquilidad. A las 12:35 p.m., llegamos a la parroquia San Egidio Labrador de Cuichapa, en el Estado de Veracruz, donde nos acogió su párroco: el padre Víctor. Allí nos encontramos con otros equipos de misioneros que llegaron antes. Muy rápidamente, el padre Víctor Canchola nos condujo (“los eclesiásticos”) al salón de la curia para darnos algunas directivas a propósito de la misión.

 

Luego nos dirigimos hacia el refectorio para tomar un refrigerio. Mientras tanto, los misioneros, incluidas mis compañeras de misión, estaban siendo entregados a los representantes de toda la misión; cada Comunidad recogió a sus misioneros. Arcelia Cruz y Sabina Ferrer Cuevas fueron las que vinieron por nosotros.

 

Unos minutos después fuimos a la Iglesia parroquial para celebrar la Eucaristía de envío de la Misión: una celebración eucarística viva, animada por un grupo de jóvenes: Rafael Huerta, Carmelo, Cecilio, Hilda, y con Liliana Morales en una de las guitarras. Al final de la Eucaristía, los cuatro sacerdotes, entre ellos tres Misioneros asuncionistas (Padres Joseph Mahamba, Jesús Tlecuile y Sebastián Bangandu), bendijeron e impusieron las cruces de envío a los misioneros. Una vez fuera de la Iglesia, cada grupo de Misioneros se subió en coches diferentes con destino a su sector de apostolado.

 

Nuestro grupo estaba constituido por tres misioneros: Gregoria, Liliana y yo. Teníamos a nuestro cargo la capilla de San Nicolás de Bari, una pequeña unidad habitacional encantadora, situada apenas a unos treinta minutos de Orizaba. Esta unidad habitacional se construyó a propósito de un ingenio azucarero, propiedad del Grupo ASR, que cuenta con 24 millas hectáreas de cultivo de caña de azúcar. 

 

Nos llevó el chófer de la parroquia, un caballero jovial de unos cuarenta años. Al llegar, pasamos en frente de la Capilla de San Nicolás de Bari, para que de allí nos llevaran a la casa de dona Mago, enfrente de la Escuela Primaria Emilio Bustamante, donde deberíamos vivir. Como nos quedamos lejos de la Iglesia, teníamos que caminar bastantes cuadras largas para llegar allá todos los días.

 

Después de instalarnos y en cuanto llegamos, fuimos caminando a la Capilla, donde llamaron a un número pequeño pero representativo de la comunidad, para ponernos de acuerdo en qué era lo que íbamos a hacer juntos a partir del día siguiente, domingo, porque ya estábamos ahí los Misioneros.

 

En este primer encuentro con la comunidad, fuimos recibidos, estos tres misioneros, con todo el entusiasmo y buenísima disposición que corresponde a una Comunidad dispuesta y alegre. Nos abrieron los brazos, fueron la mar de atentos y acogedores, cariñosos… Fue el momento donde nos encontramos con la Guardia del Santísimo: Teódulo Bazán Félix, Elvira Porras Montesinos, Marina Pérez, Vicky Márquez Hernández; con la representante del coro: Cristina Montero Montesinos; los jóvenes se presentaron: Axel y Ángel, Montse, Loida, … desafortunadamente, se me escapan los nombres de otros chicos que estuvieron ahí; fueron señoras grandes (de edad); fueron niños…

 

Tuvimos pues, el primer encuentro, recién llegados, luego regresamos a casa. Después de establecer el programa con la Comunidad, recorrimos de nuevo el camino hacia la capilla para la misa de la tarde del sábado. Antes de la bendición final, la señora Arcelia Cruz, asistente y miembro del consejo parroquial de Cuichapa, nos presentó a la asamblea que nos aplaudió calurosamente. La comunidad de San Nicolás de Bari nos acogió a la salida de la misa y nos reiteró la bienvenida.

 

Como sacerdote, mis días fueron especialmente dedicados a las celebraciones eucarísticas y a las confesiones, más numerosos aun, porque la parroquia, que abarca por lo menos veinte capillas, cuenta sólo con un sacerdote. A parte de las confesiones, visité a los enfermos y personas de edad, tanto en San Nicolás de Bari, como en otras dos otras capillas que estaban bajo mi responsabilidad (Loma Del Carmen y Bario de Guadalupe). También visitamos algunas familias con quienes platicamos acerca de lo que es la vida cristiana. Las comidas fueron también ocasiones que aprovechamos para catequizar las familias en dificultades. Además, impartí dos conferencias sobre las indulgencias y la misericordia.

 

Mis colegas misioneras, ellas, se ocupaban a transmitir las enseñanzas ya preparadas por el equipo de coordinación de las misiones, particularmente con los jóvenes, los adultos y los niños sobre diferentes temas bien escogidos. A finales de cada día (más o menos las 10h u 11 de la noche), teníamos que hacer una evaluación de las actividades realizadas y preparar las del día siguiente. Estuvimos siempre muy cansados al regresar a casa. A menudo me iba a dormir después de medianoche (2-3 de la mañana).

 

El viernes, 15 de julio, la señora Gabriela, directora de la Escuela Primaria Emilio Bustamante me invitó a bendecir los locales de su escuela. Esto fue el día de la Ceremonia de Clausura de clases. Varios padres de familia asistieron al evento para responder a esta cita importante para sus niños. Como la Bendición fue antes de dicha ceremonia, casi todo el mundo vino participar en ella.

 

En suma, pasamos momentos agradables y fraternales con esta Comunidad donde las mujeres juegan una gran parte en la vida de la iglesia. Puesto que la mayoría de los hombres de esta pequeña unidad han sido empleados del Ingenio, su asistencia a las actividades espirituales era débil. Los jóvenes también fueron los grandes ausentes, por el hecho de que era el tiempo de vacaciones. La mayoría de entre ellos estaban a fuera de San Nicolás. Pero fueron bien representados sin embargo por Ángel y Axel, dos jóvenes muy activos que tuvimos el placer de conocer. Algunos formaban parte de misioneros enviados a otros sectores de la Parroquia.

 

El sábado, 16 de julio de 2016, antes del regreso a México, nos reunimos en Tenejapa donde tuvimos un gran encuentro de jóvenes. El encuentro se celebró en la Iglesia Parroquial, con la participación de todos los grupos de jóvenes misioneros con cantos, bailes y compartir de experiencias de vida. Como una de las dinámicas de este Retiro de jóvenes, escuchamos el testimonio de vida de los padres Jesús Tlecuile, Joseph Mumbere Mahamba, de la señora Araceli y de Liliana Morales. 

 

Después de la audición de los testimonios, me instalé en una de las salas de la gran construcción conexa a la Iglesia Parroquial para confesar a los que lo desearan. Luego, cogimos lugar en el pequeño jardín frente a la iglesia para compartir la comida. Regresamos a San Nicolás de Bari, acompañados por un chofer muy hábil y atento.

 

Para mí, la vuelta a México fue el sábado, 16 de julio por autobús, acompañado por el hermano Domingo Sandoval. Al término de esta experiencia de misión, podemos sólo devolverle la gloria a Dios por el trabajo apostólico realizado. Mil gracias a la Fraternidad Asuncionista que nos dio la oportunidad de tener esta experiencia maravillosa; así como al padre Víctor que nos acogió en su parroquia. 

 

Gracias a la comunidad de San Nicolás de Bari por su cariño, acogida y calurosa vida. Gracias a todos los bienhechores que ayudaron a la realización de esta misión. Muchísimas gracias a Liliana Morales quién, además de ser colega de misión, corrigió y perfiló el texto de este artículo. Que Dios sigue bendiciendo a todos. ¡Nos veremos en la próxima semana santa!           

 

                                                                                       P. Sébastien Bangandu, a.a.

¡Mision Juvenil México-Oaxaca, un gran exito!

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Mi primera Pascua en México, la celebré en San Juan Coatzospam (Oaxaca), un sector de la parroquia Santa María de la Asunción, situada a 792 km al este de la Ciudad de México, hogar de los pueblos Mazateco y Mixteco. Esta región se extiende en el sureste de México, en los estados de Oaxaca, el este de Guerrero y en el sur de Puebla. Los hermanos (Asuncionistas) Germán González, Irvin Santiago, Louis Kivuya, Marciano López Solís y yo mismo formamos parte de un grupo de 102 jóvenes en total, pertenecientes a diferentes grupos de las pastorales juveniles de la Arquidiócesis de México, de Irapuato (Guanajuato), de Puebla, de San Luis Potosí y también un joven misionero venido de Colombia.

 

La organización de esta misión, así como de muchas otras actividades de este tipo es un signo elocuente que demuestra que la Iglesia mexicana se compromete, cada vez más, a la formación de una nueva generación de jóvenes, cuya visión de la vida está fundada sobre el compromiso y el servicio con los demás, siempre siendo capaces de testimoniar una nueva manera de percibir el mundo, de servir y de vivir la fraternidad.

 

En la parroquia asuncionista Emperatriz de América de México, la pastoral juvenil se enriquece con la iniciativa de “Misión Amor y Servicio (MAS)”, llevada a las regiones de Oaxaca hace apenas dos años por Alexis Vadillo, Hilda Santiago y Rodrigo Pérez entre otros jóvenes que conforman el equipo. Estos jóvenes católicos están comprometidos con su Fe tanto con la parroquia como dentro de sus otros aspectos de vida personal. El objetivo de esta iniciativa es llamar a los jóvenes a implicarse efectivamente en la obra de la evangelización, especialmente en las periferias y regiones pobres, durante la semana santa. Los jóvenes siempre responden con mucha generosidad y entrega, siempre dispuestos al servicio.

 

La pastoral que se realiza es una pastoral cercana que permite a los jóvenes misioneros palpar con sus manos las realidades particulares de cada sector y de aportar, en la medida de lo posible, su humilde contribución. En general ésta comprende escuchar a las personas, visitar a las familias, administrar los sacramentos, organizar jornadas de reflexión y jugar con los niños y jóvenes de ahí, además de otras actividades de este tipo, cuyo objetivo es la profundización de la fe cristiana.

 

 

En total se formaron 11 grupos, teniendo en cuenta el número de capillas que conforman la parroquia (una treintena) y contando cada uno con 7 a 12 misioneros. Cada uno de nosotros forma parte de uno de estos grupos destinados a un sector de esta parroquia. Nuestro grupo era de 11 misioneros: Abigail Moras, Annie Mendoza, Francisco Posada, Gabriela Burela, Isaac González, Jimena Patlán, Ricardo Lobo, Rodrigo Mijares, Sheila Méndez, Stephany Marchand y yo. Salimos de México a las 8:20 am.

 

El viaje, efervescente y lleno de este calor juvenil se efectuó en un ambiente tan alegre que uno se sentía a gusto en medio de esta juventud entusiasta y ambiciosa. A las 12:40 nos detuvimos en Puebla 20 minutos. Después de comprar algunas provisiones retomamos nuestro camino hasta Huautla de Jiménez, una pequeña ciudad municipal del estado de Oaxaca, capital de la prelatura apostólica y la última parada antes de entrar en una zona sin señal telefónica. Esta escala le permitió a cada uno tener una última conversación telefónica con sus padres, amigos o conocidos.

 

Estábamos por llegar cuando nos vimos envueltos en una capa espesa de neblina, obligando al valiente chofer a desacelerar. Este es un aspecto característico del clima de esta región Mazateca-Mixteca, siempre cubierta de neblina, con lluvias constantes, que confirma el nombre que se le da a su gente de «gente del país de la lluvia». Es una región esencialmente montañosa de un aspecto pintoresco.

 

A las 7:30 pm, al llegar a nuestro destino, Ayautla, recibimos una bienvenida calurosa. Los organizadores de la misión lograron crear una atmósfera particular en este lugar y nos hemos encontrado como en casa. El padre Victor Villalobos, párroco de Santa María de la Asunción con el equipo de catequistas estaban ahí para recibirnos. Luego comenzamos a bajar las maletas, operación que nos tomó casi 40 minutos. La atribución de un color por cada grupo hacia la tarea un poco más fácil.

 

Cada grupo fue llevado por sus catequistas hasta donde iba a estar en la semana. Nuestro grupo, con el color morado, acompañado de la catequista Claudia, tomó el camino de San Juan Coatzospam, uno de treinta sectores de la parroquia Santa María de la Asunción, donde nos quedaríamos por el resto de nuestra estancia. Nos dieron café, «tortillas gorditas» y frijoles. Después de la cena tuvimos un encuentro para enterarnos de las directivas y del programa de actividades diarias. Todo se cerró con la oración de la noche, dirigida por Annie Mendoza, Jimena Patlán e Isaac González. Dicha oración estaba compuesta por un momento de reflexión acerca de un texto del Papa Francisco sobre vivir la misericordia a través de actitudes humanas como la proximidad con los pobres, la lucha contra la violencia y las injusticias sociales.

 

Domingo de Ramos: Nuestra primera mañana amanece con neblina y ya amenaza llover. A pesar de los caprichos del clima, debíamos empezar a trabajar. En este primer día todo el equipo se dedicó a la visita de las familias del pueblo. Habíamos visitado apenas tres familias cuando nos encontramos con el señor Nicolás Robles. Este joven comerciante del pueblo nos condujo hasta su depósito de venta de maíz donde platicamos mucho acerca de Dios. Luego procedimos a bendecir su depósito. Cuando ya nos íbamos nos ofreció un té de limón caliente y muy rico.

 

Al salir, llegamos a la iglesia San Juan Coatzospam, unos minutos antes de iniciar la procesión de ramos. Es una iglesia muy antigua que data de 1750, dedicada al apóstol San Juan, muy venerado por el pueblo Mixteco a causa de sus múltiples milagros y cuya estatua gigantesca domina el lado superior de la Iglesia.

 

Con simplicidad y fervor, la gente del pueblo portó los ramos para aclamar a Jesús y celebrar el anuncio de su vitoria ya próxima. Fue un momento conmovedor, lleno de alegría y de esperanza. Muchas personas del pueblo participaron. Como lo requiere la tradición, un enorme asno de arcilla montado por Jesús sonriendo, todo chapado sobre un cuadro de madera fue transportado por cuatro fuertes jóvenes. Sin embargo, después de ese momento de euforia y júbilo, nos encontramos con el shock brutal del sufrimiento de Jesús que nos había sido recordado.

 

Al releer el relato de su pasión, encontramos sus rastros y huellas en nuestra propia carne, en el sufrimiento de los hombres de todos los tiempos. Al meditar sobre las pruebas de Cristo y la forma en que las vivió, comprendemos la profundidad de su amor y su cercanía por lo humano. Al sufrir su pasión, Cristo se revela de tal forma como uno de nosotros que nos hace sentirnos próximos a Él. Pero a la vez tan diferente, cuando consideramos todo el amor que lo mueve, la ausencia de oposición y de sentimiento de venganza, la moderación y la profunda libertad que lo caracterizan.

 

Así, si nuestras penas y dolores nos hacen participar de su suerte, falta reconocer que nos queda mucho por hacer para imitar su valor, su fortaleza, su gran paz interior, su amor incondicional. Eso fue lo esencial de mi homilía, dada en español, pero traducida al mixteco para que todos la pudieran entender. Fue la catequista Claudia que hizo la traducción con mucha destreza verbal doblada de una fidelidad increíble al mensaje transmitido.

 

Después de la celebración, nos tomamos un momento para platicar con algunas personas de las que participaron en la celebración. Luego los jóvenes misioneros comenzaron la recitación del rosario con la gente del pueblo, mientras que yo confesaba.

 

Al final del día, después de cenar, tomamos un momento para hacer un examen de consciencia, seguido de la evaluación del día. La meditación que siguió estuvo centrada en el texto de San Mateo sobre la tentación de Jesús en el desierto. Después de haber establecido el programa del día siguiente, nos retiramos para la noche.

 

El domingo de Pascua desayunamos con la familia de la pequeña Gema, después regresamos al dormitorio para hacer las maletas. Celebré la misa a las 11h00, delante de una asamblea compuesta en la mayoría por misioneros jóvenes provenientes de otros sectores de la parroquia y de gente del pueblo.

 

Estuvo una celebración muy viva, orante y llena de fervor, sobre todo porque los jóvenes tomaron a cargo la animación litúrgica y el servicio. Después de misa, fue la hora de los saludos y de las despedidas. Fue un momento de muchas emociones.

 

El viaje de regreso a México comenzó a las 12h45, animado de gritos de alegría. 15h45, nos detuvimos 45 minutos en Tuxtepec para comer algo. A las 2h10 de la madrugada llegamos a la parroquia Emperatriz de América, recibidos por un buen número de padres que venían por sus hijos.

 

Este viaje fue para mí sinónimo de encuentros bellos al descubrir este rincón perdido de Oaxaca, con su paisaje variado y salvaje, sus habitantes y sus tradiciones. El pueblo Mixteco nos dio a conocer sus magníficas tradiciones. Diré que recibimos más que dimos. Como grupo, tuvimos también muchos momentos de diversión y de conversación donde las bromas y el buen humor estaban siempre presentes.

 

¡Quedan en mi memoria Claudia y Gema! La primera, por la vivacidad de su inteligencia. En efecto, supo traducir a la lengua mixteca con facilidad mis homilías y la gente lo apreció mucho. La segunda, simplemente por el hecho de que es una “joya” de niña, de una vivacidad legendaria y de una espontaneidad increíble. Fue ella que nos recibió con su sonrisa, las dos veces que fuimos a la casa de sus papás. También aprecié la sonrisa y la gentileza de las personas enfermas a pesar de su discapacidad, siempre llenas de felicidad, de esperanza y de fe.

 

Y si hubieran estado ahí cuando nos despedimos, apuesto que no hubieran podido retener sus lágrimas. Una semana y dos días parecían años después de haber vivido tanto cariño. Tal vez, con un pequeño regalito, un poco de café, un producto artesanal, un poco de azúcar, ellos juntaban las palabras exactas para decir gracias. ¡Y muchos de nosotros lloramos!

 

Regresamos por lo tanto alegres, con una visión de las cosas muy diferente. Gracias a todos por esta semana de felicidad. Gracias por los encuentros, por esas sonrisas, esa convivencia. Gracias a todo el equipo de organización por su experiencia. Gracias a Rodrigo Mijares por la corrección de mis homilías en buen español.

 

Cansado al final del viaje, aquejado por una diarrea terrible, escribo esta bitácora de viaje con el peso del cansancio, pero sin ningún remordimiento. Porque en mí queda un recuerdo de momentos y personas inolvidables!

                                                                         P. Sébastien Bangandu Mwanza, a.a.