• Sébastien Bangandu

Experiencia apostólica del hermano Daniele en Tlilapan - México


El regreso de México ha sido como el despertar de un sueño que uno nunca desearía despertarse. El desafío para mí, ahora, es cómo vivir de las gracias que recibí durante esos dos maravillosos meses. ¿Cómo esta experiencia se volvió tan impactante para mí? Vuelvo a esa virtud que siempre ha sido una luz de guía en mi camino: confianza. Primero experimenté la alegría y la libertad de confiar en el Señor cuando estudié en Urbino, Italia, durante mi tercer año en Assumption College.


Al entregar mis planes a Dios en ese tiempo, comencé a verme a mí mismo como su hijo amado. Él trajo personas a mi vida que se regocijaron libremente en mis dones y talentos, quienes me demostraron que sí tenía algo bueno que dar al mundo. Esta experiencia dio lugar a una alegría profunda y duradera. México, para mí, se convirtió en otra experiencia de confianza.

Desde que ingresé a los Asuncionistas, he tenido un gran deseo en mi corazón de marcar una diferencia real en las vidas de las personas llevándolas a la verdad y a la vida en Jesucristo como un sacerdote religioso. Pero también me he cuestionado, “¿Dios quiere que sea un sacerdote religioso?, ¿La vocación de sacerdote y la vida religiosa asuncionista era realmente mi vocación, o era solo un espejismo?

Cuando me bajé del avión en México, hice una promesa al Señor de que me entregaría por completo a esta experiencia, a lo que su voluntad me reservara. Y desde el primer día, esta confianza dio mucho fruto espiritual. Especialmente quiero agradecer al Padre Oswaldo por asignarme para San Andrés. Mi vida como religioso asuncionista debe ser una de confianza en Jesús, en cada momento. Me maravillé de cuán fácilmente nuestros hermanos y hermanas en San Andrés me abrazaron como uno de los suyos, cómo estaban más que dispuestos a verme como su “padrecito.”

Mis predicaciones ciertamente no eran notables, y me tropecé con las palabras a veces durante las celebraciones de la Palabra, pero eso no pareció importarles a los fieles que conocí en San Andrés y en misión en Cañada Blanca. Creyeron que Dios estaba trabajando a través de mí, y eso fue suficiente para que ellos tuvieran fe en mí. Esto me enseñó una gran lección: en la vida religiosa estamos llamados a ser instrumentos de Dios.


Las palabras que decimos durante las celebraciones no son nuestras propias palabras, sino las palabras de Dios. Debemos estar dispuestos a ser sus instrumentos y vernos a nosotros mismos como tales. Todo lo que somos, todo lo que hacemos, estamos destinado a ser un reflejo de la gloria de Dios. San Ireneo de Lyon lo dijo mejor: “La gloria de Dios es la persona humana plenamente viva.” Mi tiempo en México fue una experiencia de sentirme plenamente vivo, y sabía que Dios se regocijó en esa vida conmigo.

Los frutos del ministerio fueron una prueba de que Dios realmente quiere que yo sea un religioso Asuncionista. Además, él quiere que yo cuide y viva de esas semillas de entusiasmo y alegría que Él plantó en Urbino. Quiero agradecer a todas las personas que conocí que afirmaron esto para mí todos los días. Avanzo en mi camino sostenido por el amor que Dios me ha demostrado a través de todos ustedes.


                                                                                                      Hno Daniele Caglioni, a.a. 

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