• Sébastien Bangandu

Misión, amor y servicio en Oaxaca 2016. Un recuerdo


Mi primera Pascua en México, la celebré en San Juan Coatzospam (Oaxaca), un sector de la parroquia Santa María de la Asunción, situada a 792 km al este de la Ciudad de México, hogar de los pueblos Mazateco y Mixteco. Esta región se extiende en el sureste de México, en los estados de Oaxaca, el este de Guerrero y en el sur de Puebla. Los hermanos (Asuncionistas) Germán González, Irvin Santiago, Louis Kivuya, Marciano López Solís y yo mismo formamos parte de un grupo de 102 jóvenes en total, pertenecientes a diferentes grupos de las pastorales juveniles de la Arquidiócesis de México, de Irapuato (Guanajuato), de Puebla, de San Luis Potosí y también un joven misionero venido de Colombia.


La organización de esta misión, así como de muchas otras actividades de este tipo es un signo elocuente que demuestra que la Iglesia mexicana se compromete, cada vez más, a la formación de una nueva generación de jóvenes, cuya visión de la vida está fundada sobre el compromiso y el servicio con los demás, siempre siendo capaces de testimoniar una nueva manera de percibir el mundo, de servir y de vivir la fraternidad.

En la parroquia asuncionista Emperatriz de América de México, la pastoral juvenil se enriquece con la iniciativa de “Misión Amor y Servicio (MAS)”, llevada a las regiones de Oaxaca hace apenas dos años por Alexis Vadillo, Hilda Santiago y Rodrigo Pérez entre otros jóvenes que conforman el equipo. Estos jóvenes católicos están comprometidos con su Fe tanto con la parroquia como dentro de sus otros aspectos de vida personal. El objetivo de esta iniciativa es llamar a los jóvenes a implicarse efectivamente en la obra de la evangelización, especialmente en las periferias y regiones pobres, durante la semana santa. Los jóvenes siempre responden con mucha generosidad y entrega, siempre dispuestos al servicio.

La pastoral que se realiza es una pastoral cercana que permite a los jóvenes misioneros palpar con sus manos las realidades particulares de cada sector y de aportar, en la medida de lo posible, su humilde contribución. En general ésta comprende escuchar a las personas, visitar a las familias, administrar los sacramentos, organizar jornadas de reflexión y jugar con los niños y jóvenes de ahí, además de otras actividades de este tipo, cuyo objetivo es la profundización de la fe cristiana.


En total se formaron 11 grupos, teniendo en cuenta el número de capillas que conforman la parroquia (una treintena) y contando cada uno con 7 a 12 misioneros. Cada uno de nosotros forma parte de uno de estos grupos destinados a un sector de esta parroquia. Nuestro grupo era de 11 misioneros: Abigail Moras, Annie Mendoza, Francisco Posada, Gabriela Burela, Isaac González, Jimena Patlán, Ricardo Lobo, Rodrigo Mijares, Sheila Méndez, Stephany Marchand y yo. Salimos de México a las 8:20 am.


El viaje, efervescente y lleno de este calor juvenil se efectuó en un ambiente tan alegre que uno se sentía a gusto en medio de esta juventud entusiasta y ambiciosa. A las 12:40 nos detuvimos en Puebla 20 minutos. Después de comprar algunas provisiones retomamos nuestro camino hasta Huautla de Jiménez, una pequeña ciudad municipal del estado de Oaxaca, capital de la prelatura apostólica y la última parada antes de entrar en una zona sin señal telefónica. Esta escala le permitió a cada uno tener una última conversación telefónica con sus padres, amigos o conocidos.


Estábamos por llegar cuando nos vimos envueltos en una capa espesa de neblina, obligando al valiente chofer a desacelerar. Este es un aspecto característico del clima de esta región Mazateca-Mixteca, siempre cubierta de neblina, con lluvias constantes, que confirma el nombre que se le da a su gente de «gente del país de la lluvia». Es una región esencialmente montañosa de un aspecto pintoresco.


A las 7:30 pm, al llegar a nuestro destino, Ayautla, recibimos una bienvenida calurosa. Los organizadores de la misión lograron crear una atmósfera particular en este lugar y nos hemos encontrado como en casa. El padre Victor Villalobos, párroco de Santa María de la Asunción con el equipo de catequistas estaban ahí para recibirnos. Luego comenzamos a bajar las maletas, operación que nos tomó casi 40 minutos. La atribución de un color por cada grupo hacia la tarea un poco más fácil.


Cada grupo fue llevado por sus catequistas hasta donde iba a estar en la semana. Nuestro grupo, con el color morado, acompañado de la catequista Claudia, tomó el camino de San Juan Coatzospam, uno de treinta sectores de la parroquia Santa María de la Asunción, donde nos quedaríamos por el resto de nuestra estancia. Nos dieron café, «tortillas gorditas» y frijoles. Después de la cena tuvimos un encuentro para enterarnos de las directivas y del programa de actividades diarias. Todo se cerró con la oración de la noche, dirigida por Annie Mendoza, Jimena Patlán e Isaac González. Dicha oración estaba compuesta por un momento de reflexión acerca de un texto del Papa Francisco sobre vivir la misericordia a través de actitudes humanas como la proximidad con los pobres, la lucha contra la violencia y las injusticias sociales.

Domingo de Ramos: Nuestra primera mañana amanece con neblina y ya amenaza llover. A pesar de los caprichos del clima, debíamos empezar a trabajar. En este primer día todo el equipo se dedicó a la visita de las familias del pueblo. Habíamos visitado apenas tres familias cuando nos encontramos con el señor Nicolás Robles. Este joven comerciante del pueblo nos condujo hasta su depósito de venta de maíz donde platicamos mucho acerca de Dios. Luego procedimos a bendecir su depósito. Cuando ya nos íbamos nos ofreció un té de limón caliente y muy rico.


Al salir, llegamos a la iglesia San Juan Coatzospam, unos minutos antes de iniciar la procesión de ramos. Es una iglesia muy antigua que data de 1750, dedicada al apóstol San Juan, muy venerado por el pueblo Mixteco a causa de sus múltiples milagros y cuya estatua gigantesca domina el lado superior de la Iglesia.


Con simplicidad y fervor, la gente del pueblo portó los ramos para aclamar a Jesús y celebrar el anuncio de su vitoria ya próxima. Fue un momento conmovedor, lleno de alegría y de esperanza. Muchas personas del pueblo participaron. Como lo requiere la tradición, un enorme asno de arcilla montado por Jesús sonriendo, todo chapado sobre un cuadro de madera fue transportado por cuatro fuertes jóvenes. Sin embargo, después de ese momento de euforia y júbilo, nos encontramos con el shock brutal del sufrimiento de Jesús que nos había sido recordado.


Al releer el relato de su pasión, encontramos sus rastros y huellas en nuestra propia carne, en el sufrimiento de los hombres de todos los tiempos. Al meditar sobre las pruebas de Cristo y la forma en que las vivió, comprendemos la profundidad de su amor y su cercanía por lo humano. Al sufrir su pasión, Cristo se revela de tal forma como uno de nosotros que nos hace sentirnos próximos a Él. Pero a la vez tan diferente, cuando consideramos todo el amor que lo mueve, la ausencia de oposición y de sentimiento de venganza, la moderación y la profunda libertad que lo caracterizan.

Así, si nuestras penas y dolores nos hacen participar de su suerte, falta reconocer que nos queda mucho por hacer para imitar su valor, su fortaleza, su gran paz interior, su amor incondicional. Eso fue lo esencial de mi homilía, dada en español, pero traducida al mixteco para que todos la pudieran entender. Fue la catequista Claudia que hizo la traducción con mucha destreza verbal doblada de una fidelidad increíble al mensaje transmitido.


Después de la celebración, nos tomamos un momento para platicar con algunas personas de las que participaron en la celebración. Luego los jóvenes misioneros comenzaron la recitación del rosario con la gente del pueblo, mientras que yo confesaba.


Al final del día, después de cenar, tomamos un momento para hacer un examen de consciencia, seguido de la evaluación del día. La meditación que siguió estuvo centrada en el texto de San Mateo sobre la tentación de Jesús en el desierto. Después de haber establecido el programa del día siguiente, nos retiramos para la noche.


El domingo de Pascua desayunamos con la familia de la pequeña Gema, después regresamos al dormitorio para hacer las maletas. Celebré la misa a las 11h00, delante de una asamblea compuesta en la mayoría por misioneros jóvenes provenientes de otros sectores de la parroquia y de gente del pueblo.


Estuvo una celebración muy viva, orante y llena de fervor, sobre todo porque los jóvenes tomaron a cargo la animación litúrgica y el servicio. Después de misa, fue la hora de los saludos y de las despedidas. Fue un momento de muchas emociones.

El viaje de regreso a México comenzó a las 12h45, animado de gritos de alegría. 15h45, nos detuvimos 45 minutos en Tuxtepec para comer algo. A las 2h10 de la madrugada llegamos a la parroquia Emperatriz de América, recibidos por un buen número de padres que venían por sus hijos.


Este viaje fue para mí sinónimo de encuentros bellos al descubrir este rincón perdido de Oaxaca, con su paisaje variado y salvaje, sus habitantes y sus tradiciones. El pueblo Mixteco nos dio a conocer sus magníficas tradiciones. Diré que recibimos más que dimos. Como grupo, tuvimos también muchos momentos de diversión y de conversación donde las bromas y el buen humor estaban siempre presentes.


¡Quedan en mi memoria Claudia y Gema! La primera, por la vivacidad de su inteligencia. En efecto, supo traducir a la lengua mixteca con facilidad mis homilías y la gente lo apreció mucho. La segunda, simplemente por el hecho de que es una “joya” de niña, de una vivacidad legendaria y de una espontaneidad increíble. Fue ella que nos recibió con su sonrisa, las dos veces que fuimos a la casa de sus papás. También aprecié la sonrisa y la gentileza de las personas enfermas a pesar de su discapacidad, siempre llenas de felicidad, de esperanza y de fe.


Y si hubieran estado ahí cuando nos despedimos, apuesto que no hubieran podido retener sus lágrimas. Una semana y dos días parecían años después de haber vivido tanto cariño. Tal vez, con un pequeño regalito, un poco de café, un producto artesanal, un poco de azúcar, ellos juntaban las palabras exactas para decir gracias. ¡Y muchos de nosotros lloramos!



Cansado al final de esta maravillosa experiencia y del largo viaje, aquejado por una diarrea terrible, escribí esta bitácora de viaje con el peso del cansancio, pero sin ningún remordimiento, porque en mí queda un recuerdo de momentos y personas inolvidables!

                                                                                               Sébastien Bangandu Mwanza, a.a.

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